Glownstown era un pueblo pequeño, Jane había comprado hacía un par de días la única casa que se conservaba de antes de la guerra y se disponía a verla por primera vez. Era enorme, tenía un amplio patio vacío a excepción de varias estatuas de metal y metros y metros de enredaderas. Se acercó a una de las figuras, parecía diferente al resto. Arrancó las enredaderas que la cubrían y vio que no era una estatua, era de metal y parecía articulada. La golpeó con los nudillos, estaba hueca. Se volvió hacia la casa y entró con cuidado, el lugar llevaba abandonado mucho tiempo y las puertas carcomidas no aguantarían mucho movimiento.
Entró en una especie de sala de montaje llena de piezas oxidadas e inservibles. Olía a aceite y humedad. Entre trozos de metal y engranajes encontró un cuaderno gastado. Sopló para quitar el exceso de polvo y leyó el título: Diario de Julius Garber. Buscó la primera entrada:
Octubre de 1883
Me han diagnosticado tisis. Sé que moriré y por eso he decidido empezar este diario y la máquina que deberá prolongar mi vida.
Jane levantó las cejas y torció la cabeza sintiendo curiosidad. Pasó las hojas hasta las últimas anotaciones y leyó:
Febrero de 1885
Hace frío y el viento amenaza con derribar los árboles de mi jardín. Mi mesa está repleta de papeles y cálculos que no son lo que deberían ser. Estoy cansado. La fiebre no baja desde hace días y temo que eso me retrasará. Toda mi existencia creando vida y ahora termina la mía…
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El trabajo resulta más duro de lo que pensé en un principio; mi cuerpo enfermo me impide trabajar con soltura. Mis hijos funcionan a la perfección, pero siempre hubo fallos que tuve que resolver tras su puesta en marcha… si esta vez cometo algún error… ¿quién lo remediará? Mi mente todavía funciona con la claridad de antaño, no así mis manos. La artrosis avanza más rápido que mi trabajo y necesito tiempo, tiempo para poder terminar la carcasa. Mis dedos retorcidos por la enfermedad son un impedimento que dejará de existir cuando termine mi obra.
Marzo de 1885
La fiebre remitió hace unos días y eso parece haber aclarado mi mente. Ahora lo veo, cada error, cada defecto en la carcasa y tiemblo pensando en lo cerca que he estado de estropearlo todo. Mi vida… se hubiera deshecho sin más, como un viejo pergamino expuesto a los elementos. Tengo que ser mucho más cuidadoso a partir de ahora.
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Hoy ha venido a verme el párroco. Me ha hablado de la muerte, del plan divino… me dijo que el Señor me reclamaba a su lado. Hace tiempo que lo acepté, pero no me resignaré hasta mi último aliento. No temo al Padre… pero no creo que deba ir con él todavía. Su visita ha sido como una inyección de energía que me ha dado fuerzas para seguir con mi trabajo. Vino a pedirme que fuera a la iglesia para realizar unos ajustes en Otis, uno de mis regalos al pueblo para que hiciera sonar las campanas. Tenía un pequeño fallo y precisaba de mis manos. Iré cuando tenga tiempo.
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Tengo frío. Sé que no lo hace, pero yo lo tengo… está dentro de mí… me apago, lo siento, mi muerte está cerca y el dolor que ha desaparecido de mis articulaciones me dice que tengo razón. La tos me obliga a detenerme a cada instante y hace tiempo que los pañuelos se tiñen del color de la muerte. Y no tengo miedo a morir, sólo a haberme equivocado. Mi vida entera dedicada a ellos, a mis hijos de metal… el pueblo entero está repleto de ellos. Ayudan a sacar agua de los pozos, a batir la mantequilla, dan la hora, saludan a los niños que juegan en el parque y tocan en la banda del ayuntamiento… todos ellos nacidos aquí, en mi taller, de mis manos… de mi mente. Y ahora me voy, me apago como las candelas que me alumbran. ¿Tendrá éxito mi trabajo? Sé que sí, lo que me aterra es que no lo tenga el del médico… era reacio a seguir mis indicaciones. Su juramento se lo impedía, me costó mucho convencerlo, pero lo conseguí. Sólo espero que llegado el momento su conciencia no me traicione.
Abril de 1885
La enfermedad me ha impedido retomar antes estas líneas, el mes casi ha terminado y me temo que no pasaré de esta noche. Llevo tres días en cama y la tos no cesa. Moverse es ya sólo un espejismo de una vida pasada que sé jamás volveré a tener. Ahora me corroe otra duda, ¿seguiré siendo humano después del cambio? Lo que nos convierte en humanos son nuestros sentimientos ¿y si nacen de nuestra fisiología? … ya no podré oler una flor, saborear un té ni percibir la suavidad de un cabello… ¿seguiré sintiendo? Imposible saberlo…
Puede que éstas sean mis últimas palabras, es probable que estuviera equivocado y que mi alma se vaya finalmente con el Padre tal y como me dijo el párroco. Pero sólo hay una forma de saberlo… el médico está de camino y yo debo descansar. No me despido porque sería igual que aceptar que estaba equivocado.
Junio de 1885
Tic tac, tic tac, tic tac… el monótono baile de las entrañas del reloj se ha convertido en parte de mí. Dentro de mi pecho ya no bombea sangre un corazón, ahora en su lugar está el viejo reloj que marcaba mis días sobre el estudio del laboratorio. El recuerdo de Juliete entregándomelo como regalo de mi veintitrés cumpleaños no despierta nada en mí. El mismo sonido que me acompañó cada día de trabajo marca ahora cada segundo de mi vida… de mi existencia… y ya no hay vuelta atrás, no hay vuelta atrás… la recuperación ha sido más larga de lo que calculé y no ha sido hasta hoy que he logrado sostener con mis dedos una pluma.
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Es duro aprender a moverte de nuevo. La ventaja es que no siento dolor cuando caigo al suelo. Toda mi vida la he dedicado a crear vida de la nada, cientos son los autómatas que han nacido de mis manos. Vida eterna que el tiempo no podrá asesinar, una vida que sólo el óxido puede liquidar. Una máquina se puede arreglar, se puede mantener con mimo y cuidado, las piezas pueden sustituirse y vivir por siempre. El óxido puede prevenirse, el aceite hacer que las articulaciones funcionen mejor, los engranajes no necesitan alimento, sólo una fuerza que los mueva y no se detendrán mientras tengan vapor de agua.
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Es difícil escribir con manos mecánicas, la pluma resbala entre los dedos fríos y metálicos, pero pronto se aprende, porque a pesar de mi nuevo aspecto sigo siendo yo, Julius Garber. Mi mente funciona a la perfección y mueve este cuerpo que mis manos artríticas crearon con la misma habilidad y elegancia que lo hizo cuando apenas era un niño.
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Me siento horrorizado ante el descubrimiento que he realizado hoy. Y la mayor de mis dudas ha quedado resuelta. ¿Sigo siendo humano? Soy la misma persona que era antes de desechar mi cuerpo biológico, ese que se empeñó en marchar antes de tiempo, y eso es algo que me aterra, porque ¿acaso mereció la pena? No siento la diferencia ahora que en mi pecho late un corazón de engranajes, no siento nada al ver a los niños jugando al igual que no lo sentía cuando era de carne y hueso. Ahora soy un hombre mecánico. Y sé que antes también lo era, aunque tuviera un corazón de carne como cualquier otro sé con seguridad que jamás lo usé. Y por eso era feliz con ellos, con mis hijos, porque eran iguales a mí. Y por eso escribo ahora con una mano de metal y me muevo gracias al vapor de agua, porque nací humano pero nunca lo fui… era Julius Garber y sigo siéndolo, porque no he cambiado.
Jane cerró el diario y salió al patio. La figura que había destapado parecía ahora más humana. En la espalda tenía una mariposa para darle cuerda, la giró hasta el tope y esperó, no pasó nada, los ojos de cristal seguían mirando sin vida y supo que nunca volvería a moverse pues el óxido se había apoderado de ella.
Imagen: Celeste bajo licencia Creative Commons

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